Poeta que el campo te encuentras, Susurras en los oídos dormidos. Poeta que en la luna sueñas tus reflejos, Cantas el movimiento de la espiga. Poeta que eres letras Te veo entre rendijas.
Hoy te escribo en la sombra, más allá del viento, más acá del tiempo. Junto a Orlando. Eres un otro hecho de sueños, Te metamorfoseas en mis dedos, Siento tu savia correr por mi vientre. Hoy te escribo porque leerte no puedo. Huyes... huyes... ¿Huyes de mi? Te escribo para sentir la mano viva.
La Espiral “También eso puede darse. Nos convertimos en lo que matamos, Légele. Tú no lo piensas pero venimos de lejos” (Cesare Pavese, Diálogos con Leucó, “El Toro”) Era de mañana. Todo aún dormía y ella, en su confortable cama, pensaba en todas las posibilidades que se le presentaban. Hacía unos días había conocido al Toro y todo había cambiado en sus perspectivas; entre largas caminatas y diálogos sobre lo universal las horas habían pasado como en un sueño: suaves, livianas, rápidas. Ya no creía que fuera necesario ganar pesadez, ni que, la levedad fuera aquello que nos hacía la existencia inabarcable, sentía un nuevo brío que se colaba desde sus primeros Chakras hasta el cosmos que la contenía, una pequeña luz naranja le recorría toda su espina dorsal y ya no era tiempo para llorar. Demasiados espacios habían transcurrido junto al llanto y el dolor. Por fin había llegado al final de ese largo camino. Con el Toro todo era nuevo y fresco, como un fauno se deslizaba entre las hojas, l...
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